A mi lado, iba mi amiga anciana.
Mi amiga, doña Silveria, mi amiga que por casi 20 años fué como una madre para nosotros.
¡Como la extraño!
Tenía 77 años de edad, y se tenía que ir ya.
En ese camino de luz, yo sabía que iba a mi lado, al lado derecho de mí.
No la veía.
Ni siquiera un sombra veía de ella, ni un destello de luz; no sentía ni frío ni calor con su presencia.
Solo sabía que íbamos juntas en ese camino de luz.
Mi cuerpo, o mi esencia más bien, sentía como se llenaba de felicidad, de dicha, al recorrer ese camino.
De los pies a la cabeza, a través de “cada poro”, de cada “célula”, de mi “existencia”, estaba la “esencia” de un amor absoluto.
Como si todas las respuestas estuvieran al final de ese camino.
Somos, apenas
-
Somos un capricho
-un guiño ciego-
de la naturaleza,
tú y yo,
dos vértices de un mismo arco,
un anatema que la nostalgia pronuncia
y un a...
Hace 8 horas
