
Como a las 11 de la mañana, de ese día despertó.
-Mamá, tengo mucha hambre. ¿Que hay de comer?
-si, hijo, ahorita te sirvo ¿que prefieres esto o aquello?
Estuvo mansito un par de días, platicando poco, lo más durmiendo, pero como no hay pecho que sea bodega, al tercer día, empezó a contar su viacrucis.
Que después de lo maldecido que se fue, puras calamidades le pasaron.
Llegando, chocó su carro.
Luego, una noche, lo asaltaron 2 sujetos, por un callejón solitario, y uno de ellos, por poco le entierra un puñal hasta el mago y nos mostraba la marca del rozón del arma por su espalda.
Que en las noches, una sombra negra veía, y otras noches, se le aparecía su papá, que ya era difunto de mucho tiempo atrás.
Lo peor que le había pasado, fue que después de un baile, al ir por una vía, vio a un caballo pastando, y al voltear la cabeza el caballo, este le habló.
Mi tío Urbano corrió despavorido, tropezando a cada paso con las vías, y un como duendecillo, de no mas de medio metro, se le trepó a la espalda, y por el hombro izquierdo, le iba diciendo groserías, mientras se carcajeaba de él.
Que ese como duendecillo tenia una cara espantosa, que le hacía muecas, le enseñaba la lengua, y que era tan larga ésta, que se la frotaba a mi tío por el rostro, llenándole la cara de una viscosidad, negruzca y fétida, y que la voz de aquel espanto, era gruesa, profunda y amenazaba con seguirlo todas las noches en que mi tío saliera de su casa a divertirse.
Le decía: yo soy tu sombra.
¡Estamos unidos para siempre!
¡Mira que bonita pareja hacemos!
Y mi tío, por esas cosas que le estaban pasando, comía muy poco, dormía mal, y lo poco, poquísimo que lograba deglutir, vómito y hasta soltura le daba.
¡Abrase visto!
¡Todo un caso mi tío!
Bajaba la voz, al relatarnos por todo lo que había pasado.
Que a un señor de edad, le comentó por todo lo que estaba pasando, y el señor le dijo…
Tú algo malo hiciste.
Cuéntame.
Algo hiciste.
Por algo te persigue lo malo.
Mi tío le contó todo, hasta lo de la maldición de su madre.
Aquel señor le dijo, por ahí hubieras empezado.
Fuiste de lo peor, grosero con tu madre.
Vas a pedirle perdón de rodillas, y ruégale a Dios, que la escuche.
Eso que hizo tu mamá, se le dice la maldición gitana.
Dios siempre escucha a los padres, ellos nos corrigen, nos quieren, pero si los hacemos enojar, como tú lo hiciste con tu madre, se corre un gran peligro.
No te dilates, pide permiso en tu trabajo y ve con tu madre.
¡Humíllate! Antes que sea demasiado tarde.
Por eso el tío Urbano llego de día, arrepentido y con un gran cansancio a nuestra casa.
Mi abuelita le dijo, eso es pura sugestión.
Te sentías con remordimientos, pero ya todo pasó.
¡Olvídalo!
Aparte, de que tú has de andar empachado, por eso no te cae nada bien al estomago.
(En la siguiente entrada,
les describiré los barbaros "remedios" que se le aplicaron al "empachado" tío.)